Los usos del pasado por la extrema derecha y caminos alternativos posibles

Los grupos de extrema derecha narran la historia de Brasil de forma lineal, celebrando un pasado glorioso y reinventado. La historia puede compararse a un campo de batalla y la extrema derecha está sabiendo jugar ese juego. 

 

No sería injustificado afirmar que el pasado es un terreno en disputa, y que la extrema derecha se esfuerza por dominarlo. A fin de cuentas, construir lecturas sobre los procesos históricos es un instrumento de gran importancia a la hora de definir a las colectividades y los individuos que las componen, en especial las naciones y las identidades nacionales. La relación de la extrema derecha con el pasado no es un fenómeno reciente, pero es importante considerar que este proceso es una relación construida a partir de varias estrategias y articulaciones. Algunas son un aporte de novedades recientes, viabilizadas por las tecnologías de la información, pero también hay cuestiones de fondo ideológico a partir de estrategias construidas por los principales exponentes de la extrema derecha global.

Para interpretar este fenómeno, propongo una lectura de las formas de relación de la extrema derecha con el pasado, a partir de tres grandes flujos: I) la memoria nacional conservadora como dispositivo de exaltación de la nacionalidad; II) la memoria apologética de regímenes, movimientos y expresiones del autoritarismo y extremismo político, como objeto de articulación política; y III) la memoria pública de pasados idealizados (o incluso de la propia extrema derecha) como una forma de construcción de aprendizaje histórico a ser difundido entre potenciales interlocutores.

Estos tres ámbitos establecen diferentes espacios, estrategias y mecanismos para los usos políticos del pasado. Esto, en otras palabras, implica la necesidad de comprender las formas, los contenidos y los espacios que la extrema derecha articula para difundir sus lecturas sobre el pasado. Al mismo tiempo, este escenario nos obliga a elaborar diversas estrategias para la crítica (y el combate) a las formas antidemocráticas, elitistas y prejuiciosas cristalizadas en los pasados construidos por la extrema derecha. Con fines analíticos, optamos por focalizar el panorama retratado a partir de la realidad brasilera, entendiendo igualmente que este es un fenómeno de escala global, aunque con variaciones para cada caso particular.

El primer ámbito de relación entre la extrema derecha y el pasado refiere a que esos grupos y tendencias políticas reivindican una forma específica de narrar la historia nacional. Una historia lineal, evolutiva, cronológica y centrada en el poder, que a menudo celebra el orden pre-republicano. Estos son, en gran medida, discursos románticos, arrogantes y de consolidación de mitologías nacionalistas, sobre todo, en el caso brasilero, el mito de la democracia racial1.

Buena parte de esta visión conservadora y centrada en los «héroes de la patria» y otros personajes notables, estuvo tutelada por instituciones como el Instituto Histórico y Geográfico Brasilero hasta el proceso de formación de una historiografía plural y profesional en las universidades. Esta visión se convirtió en una referencia para pensar la enseñanza de la historia que resonó en los momentos marcadamente autoritarios de la política brasilera. Se trata, sin duda, de una historia escrita y enseñada de arriba hacia abajo, acostumbrada a reificar los valores autoritarios y conservadores de partes importantes de la sociedad, pero que no está explícitamente vinculada a los proyectos políticos de la extrema derecha. No obstante, a medida que se fue incorporando este modelo, también fue apareciendo una estructura de sentimientos políticos que emanan de dichos valores y que resuenan en la actualidad, sobre todo la nostalgia por tiempos pasados de orden, progreso, armonía y culto a las autoridades. En definitiva, los «buenos y viejos tiempos», como la historia solía enseñarnos.

El segundo ámbito fundamental, por el contrario, es un espacio menos marcado por la nostalgia y más estructurado en la celebración, el exaltamiento y la propaganda del pasado-presente de las extremas derechas. En otras palabras, es un campo de rescate de la historia de la extrema derecha construida por ella misma. De esta manera, se narran experiencias autoritarias y dictatoriales de todo tipo (pudiendo hacer uso político del pasado) tanto en el ámbito formal como en la política marginal e informal, por lo que es necesario dividir este proceso en dos espacios.

Desde el punto de vista del espacio de la política formal, en los últimos años la celebración de consignas inspiradas en el nacional-socialismo, el franquismo y el integralismo brasilero (además de la dictadura militar), se normalizó con la llegada de la extrema derecha al poder. Lejos de ser mera coincidencia, este tipo de movimiento buscó, por un lado, allanar el camino hacia la representatividad de las distintas extremas derechas en torno a proyectos políticos como el bolsonarismo. Por otro lado, el rescate de estas tradiciones políticas es un saludo a los grupos más radicales que reivindican (aunque sea de manera marginal) una asociación al universo de los fascismos y autoritarismos del siglo XX. Es decir, el típico escenario neofascista. Este es, por lo tanto, un movimiento de incursión en los valores históricos de la extrema derecha, pero también de construcción de representatividad de la diversidad de dicho grupo.

En cuanto al espacio de lo informal, la celebración de este pasado opera de un modo marcadamente marginal, fomentando tanto radicalismos individuales como colectivos, lo que compone el segundo espacio de este segundo ámbito de evocación al pasado. En comunidades y plataformas online, este tipo de articulación rescata, sobre todo, el universo de las simbologías de la extrema derecha y sus significados discriminatorios. Por esta razón, la presencia de lo nazi/fascista aparece más por valores de afinidad (racismo, antisemitismo, misoginia, islamofobia, etc.) que por medio de identidades políticas sólidas y articuladas en grupos. Se trata de un movimiento informal (a menudo ilegal) de celebración del pasado de la extrema derecha que está plenamente relacionado al terreno de la radicalización online, y por eso entiende a la reivindicación de la extrema derecha como un mecanismo de ruptura de los imperativos morales, una forma de ataque a las minorías, a los derechos humanos, etc.

Estos dos primeros ámbitos son, en cierta medida, elementos dispersos o de baja intensidad, pero que ganan ímpetu cuando disponen de espacios de visibilización, y se emplean estrategias sensacionalistas, conspiracionistas y muchas veces formativas de la extrema derecha. Es sobre esa base que se constituye el tercero de los usos del pasado por parte de la extrema derecha. Las nuevas tecnologías de información crean grandes oportunidades de construcción de estrategias públicas capaces de construir formas de leer el pasado, de un modo colectivo, y en espacios de afinidad a los valores conservadores y grupos de extrema derecha.

En Brasil, las acciones de comunicación, como las realizadas por el grupo Brasil Paralelo, funcionan como punto de encuentro para la extrema derecha (a partir de valores afines, mitos fundadores, etc.), pero también como un proyecto de enseñanza pública de la historia. Además, los grupos de presión a favor del homeschooling (educación en el hogar) aparecen también como articuladores de una red de enseñanza centrada en esos valores. De esta manera, las dos primeras formas de celebración del orden y reivindicación de la naturaleza política de la extrema derecha encuentran en el tercer uso una plataforma de abordaje pública, digital y agresiva de adoctrinamiento.

Frente a este panorama de tres partes, aparece la pregunta de qué hacer en relación a estos usos políticos del pasado por parte de la extrema derecha. Es importante tener en cuenta estas diferentes formas de uso a la hora de elaborar contraestrategias a partir de las dinámicas establecidas en los tres ámbitos aquí descriptos.

Para oponerse al primero de ellos, la historiografía académica ha producido un corpus amplio y de calidad a partir de enfoques críticos, diversos y socialmente contextualizados, sobre temas clásicos y personajes olvidados de la historia. El desafío, sin duda, es construir puentes para que la circulación de este conocimiento pueda llegar a un público amplio.     Sería un error suponer que la validación entre pares, siguiendo los criterios científicos e historiográficos, sería suficiente para que la historiografía crítica alcance todo su potencial. La capacidad crítica y analítica de la historiografía no garantiza su impacto social. Argumentar a favor de ello sería ignorar el cuadro diverso y complejo que elaboramos aquí.

Es necesario entonces entablar vínculos que multipliquen los espacios de presencia de historiadores e historiadoras en el espacio público. El espacio educativo formal (y el proceso de «transposición didáctica») no es suficiente para establecer una contraestrategia que aborde la demanda de educación histórica. Esto también plantea un desafío de formación, pues es necesario comprender que las carreras de Historia no solo deben ocuparse de formar investigadores(as) y profesores(as), sino también profesionales que sepan percibir y crear un campo de interlocución, actuación e intervención pública.

En cuanto al segundo ámbito, es necesario realizar un esfuerzo efectivo en la prevención del extremismo y la radicalización. Desde el inicio esto acarrea una preocupación de tipo educacional, pues es necesario educar o enseñar sobre el extremismo de derechas, sea desde el punto de vista de la historia (de los fascismos, los genocidios y las dictaduras), o a partir de los elementos que componen el imaginario de la extrema derecha en la actualidad y sus valores de afinidad (como la misoginia, el antisemitismo, la islamofobia, la transfobia, etc.). Este universo simbólico y de repertorio debe enseñarse de manera integral, incluso como una forma de alerta frente a la cotidiana violencia escolar que va en aumento.

Además, debe discutirse también el aspecto jurídico-legal y de políticas públicas de la cuestión, ya que la legislación brasilera, por ejemplo, trabaja con un paradigma construido bajo el contexto del extremismo de derechas de los años 1980 a 1990. El repertorio y la complejidad del panorama de aquella época eran diferentes a los de la actualidad, tanto por la naturaleza política como por las estrategias que adoptaron estas tendencias. Es decir, el panorama actual del extremismo de derecha se manifiesta de modo transnacional, fragmentado, articulado y diversificado. Es necesario que la legislación acompañe esta discusión, y que los investigadores y las investigadoras estén alertas a las posibles demandas del debate público sobre el tema.

Por último, el tercer ámbito impone problemas aún mayores. En este terreno, la disparidad de financiamiento y la lógica algorítmica y de filiación ideológica de las Big Tech son un gran desafío. A fin de cuentas, el problema no es solo el contenido y el enfoque de la historia (del pasado y la memoria), sino también los medios que constituyen dichas lógicas. El contenido de extrema derecha demostró ser absolutamente rentable financiera y políticamente, ya sea por intereses explícitos de los líderes de plataformas o por su capacidad de atracción, fijación y participación comprometida que despierta incluso entre las personas que critican y se oponen a esas concepciones de mundo. Es decir, un juego de beneficio mutuo entre estas tendencias y las plataformas.

Frente a esto, lamentablemente, no existen salidas fáciles. No obstante, desde la disciplina y la profesión de la Historia, la noción de Historia Pública (e Historia Pública Digital) es un recurso de enorme potencial. Esto supone pensar la producción de contenidos y medios para el debate público de la historia a partir del paradigma historiográfico. La lógica de la divulgación científica tiene límites que deben ser trascendidos. Es ahí donde entra la noción de lo «público», lo cual abarca diversos sectores en la construcción de la llamada Historia Pública. Me refiero a que es posible no solo construir la historia de manera que el público participe en su recepción, sino que el público sea parte verdaderamente constitutiva del proceso, tanto para definir audiencias, como para hacer posible la construcción colectiva y de alianzas en estas formas de escribir y enseñar la historia, más allá de las universidades y de los espacios formales de educación. Es decir, la creación de realidades posibles, con todos los límites y potencialidades que eso permite.

En síntesis, si la historia es un campo de batalla y un deporte de combate, entonces necesitamos trazar un diagnóstico profundo y siempre actualizado sobre cómo la extrema derecha juega este juego: un juego sucio que, como vimos, hace un uso político del pasado. Para responder a ello necesitamos reconocer nuestros límites y, a partir de esa percepción, construir espacios de diálogo, colaboración y articulación. El juego sigue abierto.

 

Traducción al español por Rizoma Traducciones 
Nicolás Castrilli & Rodra Castro 



 

Footnotes
  • 1

    El mito de la democracia racial en Brasil se refiere a la idea, popularizada por Gilberto Freyre, de que existe una armonía racial única en el país, caracterizada por el mestizaje y la supuesta ausencia de conflitos raciales graves. Fue desmontada, entre otros, por Florestan Fernandes, quien demostró que su mistificación encubre discriminación velada, pobreza estructural y racismo sistémico  (nota de traducción).