¿Qué se pierde cuando una región piensa su lugar en el mundo con categorías que no construyó? ¿Es posible la autonomía de la política exterior sin lentes propios? Estas tesis incómodas no son un mapa alternativo. Son una invitación a discutir si el mapa que usamos nos permite ver lo que necesitamos ver.
En el debate público sobre la guerra en Medio Oriente se ha vuelto casi un lugar común una cierta comodidad analítica que reduce la complejidad del escenario global a una metáfora ordenadora. Bajo ese prisma, las guerras contemporáneas tienden a leerse como si el sistema internacional fuera un tablero de TEG donde Donald Trump o unas pocas manos mueven todas las fichas. La premisa que lo sostiene, a veces explícita y otras completamente tácita, es siempre la misma: el mundo es polar.
La polaridad funciona así como una metáfora cartográfica del poder global. Reduce la complejidad del sistema internacional al número de grandes potencias —los llamados “polos”— y mide su peso en capacidades materiales: población, economía, gasto militar, tecnología. De esa reducción emergen tres tipos canónicos: la unipolaridad de la Posguerra fría, donde Estados Unidos no tenía rival visible; la bipolaridad de la Guerra Fría, ese duelo simétrico entre Washington y Moscú que partió el mundo en dos; y la multipolaridad, esa configuración más dispersa, de varios centros en competencia, que algunos ven renacer hoy. Tres tipos, un mismo supuesto de fondo: la historia global la escriben uno, dos o varios Estados poderosos (sin identificar de manera precisa el umbral para serlo), mientras todo lo demás es trama secundaria o ruido de fondo.
Lo notable es que esta metáfora no pertenece a una sola escuela ni a una ideología. Aunque suele asociarse a la teoría realista de las Relaciones Internacionales, la polaridad es abrazada con igual convicción por sus críticos. Los bipolaristas leen cada conflicto como una nueva Guerra Fría entre Washington y Pekín; los multipolaristas celebran el ascenso de los BRICS como si la multipolaridad fuera, en sí misma, una promesa emancipatoria. Más allá de esa disputa, ambos comparten un mismo lente: la polaridad como gramática común, el only game in town, para parafrasear a Juan Linz.
Lo que revela ese consenso transideológico es algo más profundo que una preferencia teórica. En América Latina, un mismo analista puede recurrir a la polaridad para interpretar un conflicto y abandonarla en el siguiente, sin que esa inconsistencia exija justificación. Algo similar ocurre en el plano estatal: China, Rusia, Brasil, India, Indonesia, Sudáfrica, la Unión Europea y Turquía —actores con agendas muy diferentes entre sí— confluyen en reivindicar la multipolaridad en sus documentos oficiales. En esos usos, la polaridad no describe el sistema sino que disputa posición en debates globales.
¿Por qué una herramienta conceptual tan cuestionada sigue dominando el análisis internacional? ¿Qué intereses —académicos, mediáticos, políticos— se sostienen sobre ella? Lo que sigue son diez tesis incómodas. No para abandonar toda cartografía, sino como puntos de partida para abrir la discusión sobre cómo explicamos el mundo.
1. Importar una metáfora de la física no habilita una lectura total
La polaridad no nació como categoría propia de las Relaciones Internacionales, sino que migró desde la física newtoniana hacia la diplomacia europea del siglo XVII: los Estados como polos con masa que se atraen y repelen, el poder como magnitud cuantificable, el equilibrio como estado natural al que el sistema tiende. Aunque las primeras formulaciones conceptuales provienen de Harold Lasswell (1948) y Morton Kaplan (1957), fue Kenneth Waltz quien, en Theory of International Politics (1979), realizó el aterrizaje más influyente: inspirado en la microeconomía neoclásica, clasificó la estructura internacional como unipolar, bipolar o multipolar según la distribución de capacidades estatales, del mismo modo que un mercado puede ser monopólico, duopólico u oligopólico según la distribución de cuotas. Lo notable es que quienes usan hoy el concepto raramente conocen ese origen ni el propósito para el que fue construido: la polaridad circula como sentido común analítico, despojada de su genealogía.
La genealogía revela, precisamente, la pretensión de autoridad del concepto. Como señala De Keersmaeker (2017), la noción de polaridad se nutre de lenguajes de ciencias de alto prestigio, lo que le otorga una apariencia de rigor difícil de cuestionar. Pero esa herencia positivista también expone sus límites: al importar categorías de las ciencias naturales, disfraza la metáfora como evidencia y convierte una interpretación parcial en una lectura de totalidad. Lo que es contingente —las capacidades materiales y su distribución— queda blindado como estructura casi permanente. La concentración de poder en unas pocas potencias (la agencia) termina presentándose como equivalente del sistema internacional en su conjunto (la estructura).
2. El poder no se concentra: tiende a difundirse y a disputarse
La noción de polos supone que el poder tiende a acumularse en unos pocos Estados capaces de fijar los límites de lo posible. Pero lo que se observa en el siglo XXI es el movimiento inverso: una dispersión creciente de capacidades entre un número cada vez mayor de actores que erosiona la jerarquía westfaliana de unidades soberanas. Joseph Nye, en The Future of Power (2011), distinguió dos dinámicas simultáneas: una traslación de poder de Occidente hacia Oriente, y una difusión que relativiza el protagonismo estatal frente a actores no estatales. La segunda, argumentó, es más disruptiva que la primera.
Cinco vectores explican esa difusión. La revolución tecnológica redujo dramáticamente los costos de entrada: ONG, grupos armados y movimientos sociales ejercen hoy influencia global con recursos mínimos. La globalización financiera permitió que mercados transnacionales disciplinen a los Estados con más eficacia que cualquier potencia rival. Los actores no estatales —empresas multinacionales, grupos criminales, plataformas digitales— ocupan espacios de gobernanza antes reservados a los gobiernos. El ascenso de las potencias emergentes reconfiguró la geografía del PBI mundial tras la crisis de 2008. Y actores privados transnacionales —grandes tecnológicas, calificadoras de riesgo, fondos de inversión— disputan el poder estructural sobre finanzas, seguridad y tecnología.
En el plano militar, la difusión es igualmente irreversible. Michael Horowitz, en The Diffusion of Military Power (2010), mostró cómo las innovaciones bélicas se redistribuyen a lo largo del sistema. Los roles del poder aéreo pueden ejercerse hoy con una laptop, un dron y algo de imaginación. Los Houthi —actores no estatales— pueden interrumpir cadenas logísticas globales, alterar primas de seguro marítimo y reordenar cálculos de potencias nucleares. Más cerca, en América Latina, el crimen transnacional organizado —carteles de droga en México, Ecuador y Colombia, mafias de favelas en Brasil, y maras en Centroamérica— ejercen gobernanza de facto sobre vastas porciones de territorio estatal. Y la difusión del poder tampoco garantiza orden polar. Lo que caracteriza al sistema contemporáneo no es la concentración del poder, sino su condición permanentemente disputada.
3. Los nodos importan más que los polos
En el Estrecho de Ormuz transita el 20% del comercio mundial de petróleo y el 30% del gas natural licuado global. Irán, lejos de ser un “polo”, ejerce un poder desproporcionado porque ocupa una posición nodal que afecta simultáneamente a múltiples actores. En un mundo de globalización partida o en reconfiguración, importa menos cuánto poder se acumula que dónde se está ubicado en una red. Henry Farrell y Abraham Newman (2019) muestran cómo algunos pueden “armamentizar” la interdependencia explotando posiciones centrales en infraestructuras críticas, sistemas monetarios, financieros o rutas estratégicas
La polaridad concibe el poder como acumulación de recursos en forma de stocks, pero con ese lente no logra captar dinámicas de flujos, redes, cadenas globales e infraestructuras críticas. La lógica de nodos ofrece una explicación más precisa: un nodo no domina por lo que tiene, sino por dónde está y por su capacidad de condicionar los flujos que atraviesan el sistema. El antecedente más claro es el concepto de poder estructural de Susan Strange, quien en States and Markets (1988) lo definió como la capacidad de moldear las estructuras dentro de las cuales operan los demás actores —seguridad (provisión de protección y alianzas), producción (control de cadenas de valor), finanzas (sistemas monetarios y crediticios) y conocimiento (ideas, tecnología e información)—. Como señalan Kitchen y Cox (2019), quien define la estructura condiciona decisivamente las relaciones que se desarrollan en su interior. La polaridad mide quién tiene más; no puede ver quién define qué cuenta como tener.
La hegemonía financiera estadounidense descansa sobre tres pilares: el dólar factura cerca del 54% del comercio global aunque Estados Unidos represente apenas el 10% de ese comercio; los bancos centrales mantienen alrededor del 58% de sus reservas en dólares; y sus mercados concentran cerca del 40% de los títulos de deuda globales (Federal Reserve, 2025). Ese predominio se apoya en un circuito material que vincula petrodólares con presencia militar en el Golfo desde el arreglo Kissinger-Arabia Saudita de 1974. La crisis en el Estrecho de Ormuz revela la fragilidad de ese ensamblaje: al interrumpir flujos e impulsar transacciones en yuanes liquidadas por CIPS en lugar de SWIFT, Irán no solo desafía una ruta estratégica, sino que tensiona el circuito financiero que dependía de ella, debilitando parcialmente el mecanismo que durante décadas sostuvo la hegemonía estadounidense.
4. El Estado no es un polo: las élites transnacionales disputan el poder
El polo supone un Estado que actúa como unidad coherente, con intereses nacionales definibles y estables. Pero esa imagen ignora un fenómeno estructural del capitalismo contemporáneo: las élites transnacionales que operan por encima y a través de los Estados, capturando su agencia y reconfigurando sus márgenes de autonomía. Como señala la tradición neo-gramsciana (Cox, 1981; van der Pijl, 1998), comprender la política mundial requiere rastrear cómo las elites transnacionales construyen hegemonía no solo mediante la coerción, sino mediante la producción de consenso y la captura de instituciones. No hay una élite transnacional homogénea, sino varias, con intereses parcialmente divergentes y estrategias de poder diferenciadas.
Los mecanismos de disciplina sobre los Estados son hoy principalmente privados. Las calificadoras de riesgo —Moody's, S&P, Fitch— tienen poder para provocar crisis fiscales en Estados que incumplan los parámetros del capital financiero. BlackRock, Vanguard y State Street son, combinados, el mayor accionista individual en el 88% de las 500 principales empresas de Estados Unidos: no necesitan coordinación explícita porque sus incentivos estructurales la producen de modo casi automático (Fichtner et al., 2017). Las élites energéticas y filantrópicas completan el mapa: ejercen poder no solo sobre mercados sino sobre el conocimiento, la agenda pública y las políticas globales de salud, clima y educación. Y las élites militares e industriales están produciendo hoy una revolución militar privatizada a través de IA militar y empresas como Palantir y Anduril, donde la línea entre capacidad estatal y capital privado se vuelve progresivamente borrosa.
Junto a estas fracciones han emergido élites ideológicas igualmente transnacionales en su organización, aunque anti-globalistas en su retórica. Applebaum (2020) documentó cómo Steve Bannon articuló una red de partidos de extrema derecha —Lega Nord, VOX, AfD, Fidesz, Bolsonaro, Trump— con financiamiento compartido y coordinación ideológica explícita. En América Latina, esta Internacional Reaccionaria opera a través de una red financiada de think tanks en los países de la región (Malacalza y Tokatlian, 2023). Y junto a ellas, las élites tecnolibertarias: Peter Thiel ha argumentado públicamente que libertad y democracia ya no son compatibles; Elon Musk ha fusionado activos estratégicos con influencia política directa sobre el gobierno de Trump.
Este protagonismo refleja lo que Goddard y Newman (2025) llaman neo-royalismo: un orden en gestación donde las unidades básicas ya no serían Estados westfalianos sino redes de lealtad personal alrededor de soberanos informales que centralizan poder verticalmente cruzando fronteras y fragmentando territorios. El orden westfaliano no solo sería erosionado desde abajo por actores subestatales, sino desde arriba por élites que han dejado de necesitar al Estado como su principal vehículo de poder.
5. Más capacidades no implican más poder efectivo
Uno de los supuestos más silenciosos y más dañinos de la polaridad es que el poder es fungible: que las capacidades acumuladas en un dominio son transferibles a otro. Sin fungibilidad, el índice de polaridad pierde sentido, porque agregar capacidades de dominios heterogéneos en un número único solo tiene lógica si esas capacidades son intercambiables. El problema es que no lo son.
Keohane y Nye demostraron en Power and Interdependence (1977) que en condiciones de interdependencia compleja el poder se vuelve específico al tema y no se transfiere automáticamente de un dominio a otro. La incapacidad de Estados Unidos para prevalecer en Vietnam a pesar de su abrumadora superioridad militar fue la demostración más perturbadora para los realistas. El embargo petrolero de la OPEP en 1973 lo confirmó desde otro ángulo: Estados militarmente débiles podían ejercer influencia considerable sobre la economía global. Ese diagnóstico, formulado hace medio siglo, es más pertinente hoy que nunca.
El bloqueo del Estrecho de Ormuz es la demostración más reciente y contundente. La superioridad militar de Estados Unidos en el Golfo es incuestionable, pero no resuelve el problema del cierre del estrecho: los portaaviones no reemplazan las rutas de buques petroleros, las sanciones financieras no detienen la proliferación nuclear, la hegemonía del dólar no neutraliza el comercio en yuanes, ni un cese al fuego puede forzar a las aseguradoras a bajar la prima de riesgo para navieras. La polaridad, al agregar todo en un índice único, produce una imagen distorsionada del poder efectivo.
6. El poder algorítmico es estructural, opaco e irreductible a capacidades
Hay una forma de poder que no puede medirse ni acumularse como stock. El poder algorítmico —la capacidad de orientar comportamientos, reorganizar mercados y redefinir conflictos mediante datos y automatización— es de otra naturaleza. No es militar ni económico en sentido convencional: es estructural, en el sentido de Strange. Opera en tres planos simultáneos: cognitivo (modela percepciones), geoeconómico (concentra riqueza y reconfigura mercados) y geopolítico (genera jerarquías y dependencias tecnológicas). Crea efectos antes de que nadie actúe y no es visible en ningún mapa de polos.
Las grandes plataformas tienen un modelo de negocio basado en la extracción masiva de datos de comportamiento y su conversión en herramientas de modificación del comportamiento humano a escala global. La competencia por la IA amplifica esta dinámica: incluso Washington y Pekín dependen de actores privados —OpenAI, Google DeepMind, Anthropic— para sostener su competitividad militar y económica. En el horizonte, la computación cuántica profundiza esta ruptura: su potencial para quebrar sistemas de encriptación redefine la seguridad global, y quién domine esa capacidad obtendrá una ventaja comparable al monopolio nuclear estadounidense de 1945, pero imposible de representar en términos de polaridad.
La guerra en Medio Oriente condensa estas tendencias: es la primera en que los centros de datos de IA se convierten en blancos físicos explícitos, con al menos dos data centers en Emiratos Árabes y uno en Bahréin atacados. La infraestructura digital pasa a ser objetivo militar y se fusionan, por primera vez, guerra física y algorítmica.
7. La polaridad no explica las guerras globales
Atravesamos guerras globales no porque haya combates en todos los continentes, sino porque sus efectos son sistémicos: involucran directa o indirectamente a grandes potencias, corporaciones y élites transnacionales, y producen impactos económicos que se expanden a escala global. En ese marco, el orden de posguerra se resquebraja —se debilitan los regímenes de control de armamentos (incluido el nuclear), se fragmenta el sistema financiero y se erosionan las normas del derecho internacional—, mientras cae también el tabú sobre el uso de la fuerza. El resultado es un interregno: un tiempo de reorganización y umbrales inestables, en el que el nuevo orden aún no termina de definirse —o quizá ya esté emergiendo sin que podamos reconocerlo plenamente.
La literatura identifica cuatro umbrales que marcan el paso de conflicto regional a guerra global. El primero es la escalada nuclear: Schelling (1966) la concibe como un proceso de señalización donde cada peldaño indica disposición a ir más lejos; es el más irreversible, pues una vez cruzado activa una lógica de guerra total con consecuencias existenciales. El segundo es la fragmentación del orden financiero: las guerras mundiales del siglo XX fueron precedidas por la ruptura del sistema monetario, y la desdolarización parcial actual puede ser tanto síntoma como motor de conflicto sistémico. El tercero es la ruptura del comercio multilateral: la espiral arancelaria Smoot-Hawley de 1930 anticipó la Segunda Guerra Mundial, y el desacople parcial entre Estados Unidos y China reduce hoy la interdependencia. El cuarto es la pérdida de legitimidad institucional: la Sociedad de Naciones colapsó cuando las potencias dejaron de reconocerla, y la cuestión hoy es si el sistema ONU —con el Consejo de Seguridad bloqueado y los regímenes de control de armamentos debilitados— atraviesa un proceso similar.
Ucrania e Irán no han cruzado plenamente estos umbrales, pero los erosionan simultáneamente. No son conflictos aislados, sino nodos de una misma perturbación sistémica que acumula irreversibilidades sin cristalizar aún un nuevo orden. La polaridad, que presupone estabilidad y equilibrio, resulta insuficiente para pensar este interregno.
8. No hay polos ordenadores, sino visiones en pugna por definir el mundo
Para la polaridad, el orden internacional es disciplinado por las grandes potencias, que fijan los márgenes de acción del sistema. Morgenthau (1948) sostiene que el orden emana del poder como capacidad de imponer la propia voluntad; Kissinger (2015) agrega que son las grandes potencias quienes definen lo permitido; Gilpin (1981) señala que el orden recompensa comportamientos alineados con los intereses de los más poderosos. Se instala así una ontología jerárquica que presenta la desigualdad de poder como un dato estructural casi natural.
Ese supuesto resulta insuficiente. El mundo no se organiza en polos que se equilibran, sino en constelaciones en disputa: elites, centros de articulación, redes de interdependencia y actores con distintos tipos de poder que interactúan en múltiples capas simultáneamente. La pregunta por el orden internacional deja de ser descriptiva y se vuelve normativa: qué orden es deseable, legítimo y posible. Siguiendo a Katzenstein (2022), lo que emerge es un conflicto de visiones de mundo que no solo describen la realidad sino que delimitan lo pensable y lo posible. El resultado es un mundo posoccidental, no polarizado, polinodal, policéntrico y multicapas. Como señalan Hirst y otros (2024), no hay polos que ordenen, sino pluralidad de visiones que compiten por hacerlo.
9. El sistema internacional tiene techos que ningún polo controla
La polaridad omite un dato decisivo: existen umbrales externos al poder estatal que condicionan, limitan y reconfiguran cualquier ejercicio de poder, con independencia de la voluntad o las capacidades de los polos. El umbral planetario (biosfera)—cambio climático, estrés hídrico, pérdida de biodiversidad— actúa como restricción sistémica que reordena flujos económicos, patrones migratorios y condiciones de seguridad antes de cualquier decisión estratégica (Merke, 2025). El umbral tecnológico (tecnofera) desplaza continuamente las fronteras de lo posible: innovaciones como la inteligencia artificial o la computación cuántica generan asimetrías y dependencias que no se distribuyen según la lógica de la polaridad, porque el poder reside en quién logra posicionarse en esos bordes móviles de innovación. El umbral social (sociosfera) establece límites normativos y políticos al ejercicio del poder: ningún orden se sostiene solo por coerción, y cuando la ciudadanía global tensiona ese umbral, incluso las potencias más poderosas ven restringida su capacidad de acción. Estos tres umbrales operan como fronteras externas que los Estados no controlan plenamente y que la polaridad, centrada en capacidades estatales, simplemente no puede registrar.
10. La polaridad no es evidencia, sino dispositivo de alineamiento
La metáfora de la polaridad se constituye a partir de una traslación conceptual desde las ciencias físicas hacia las Relaciones Internacionales que no es inocente ni meramente descriptiva. Cuando una forma de ver el mundo se vuelve dominante en los espacios donde se produce conocimiento estratégico —élites, think tanks, cancillerías, programas de posgrado, medios especializados—, deja de ser un instrumento de análisis y se convierte en un dispositivo de producción de realidad. El relato polar no describe un sistema internacional que ya existe con esa forma, sino que contribuye a producirlo, a naturalizarlo y a hacer que otras configuraciones posibles resulten impensables o irresponsables.
En la práctica, el relato polar opera como un enunciado performativo: decir el sistema es bipolar o multipolar —y contar polos— no solo describe, también ordena el campo de lo posible, define quién cuenta como actor relevante y cuál es la pregunta legítima (a qué polo alinearse). Como señaló Cox (1981), toda teoría es siempre teoría para alguien y para algún propósito.
A esto se suma la lógica de atracción y agrupamiento. La metáfora magnética sugiere que los actores son empujados inevitablemente hacia un polo, como si el alineamiento fuera una ley objetiva. Cuando se habla de unipolaridad o bipolaridad, lo implícito es alinearse a Washington; cuando se habla de multipolaridad, a China, cuyo ascenso hacia una nueva posición dominante se presenta como imparable. Así, la polaridad deja de ser descriptiva y se vuelve prescriptiva: no solo explica el mundo, también indica cómo deben comportarse los actores dentro de él.
Esta estructura refuerza una lógica de confrontación dicotómica y alimenta narrativas como la de una “nueva Guerra Fría”, impulsadas desde Estados Unidos para apuntalar a China como rival sistémico. En ese marco, la metáfora no describe una confrontación, sino que contribuye a producirla. La autonomía, la equidistancia o el hedging —la posibilidad de construir posiciones propias que no sean derivadas de ningún polo—quedan degradados a excepciones inviables; quien no se alinea aparece como irrelevante o sin agencia.
Las consecuencias son claras: naturaliza la concentración del poder, convierte configuraciones históricas en inevitables y legitima esferas de influencia bajo apariencia científica. En última instancia, la polaridad funciona como profecía autocumplida. Al nombrar un mundo bipolar o multipolar, induce comportamientos que lo vuelven más polarizado. Si no estás con un polo, estás con el otro, o estás en una transición que se resolverá eventualmente en alineamiento. El teorema sociológico de Thomas lo resume: “lo que se define como real, se vuelve real en sus consecuencias”.
Una discusión abierta
Los efectos de la polaridad son especialmente visibles en América Latina. Cada vez que un gobierno de la región construye una política exterior que no se ajusta a las preferencias de Washington o de Pekín, el relato polar activa una gramática de sospecha. El país se está “acercando a China”, está “abriendo espacio a Rusia”, está “debilitando la arquitectura de seguridad hemisférica”. Desde el otro: está “subordinado a Washington”, es “funcional al imperialismo”, traiciona el horizonte multipolar del Sur global. La autonomía se codifica como peligro. Y esa codificación no es espontánea sino que requiere que el relato polar esté suficientemente naturalizado como para que sus categorías funcionen como evidencias y no como argumentos.
Así las cosas, la polaridad no es inocente sino que produce sentido común estratégico. Hace que ciertas preguntas parezcan razonables y otras ingenuas o peligrosas. No prohíbe pensar la autonomía, pero le muestra las “líneas rojas” o los costos —cognitivos, políticos e institucionales— para quienes la consideran. Es una trampa conceptual que opera antes del debate, en el momento en que se fijan los términos con los que ese debate puede ocurrir, si es que ocurre. El problema no es que el relato polar sea falso sino que es parcial, y que esa parcialidad tiene dirección: favorece a los actores “poderosos” para quienes leer el mundo en términos de polos es funcional para justificar alineamientos, distribuir recursos y presentar como necesidad geopolítica lo que es, en cada caso, una elección o un interés.
¿Qué se pierde cuando una región piensa su lugar en el mundo con categorías que no construyó? ¿Es posible la autonomía de la política exterior sin lentes propios? Estas tesis incómodas no son un mapa alternativo. Son una invitación a discutir si el mapa que usamos nos permite ver lo que necesitamos ver.
Referencias
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