La alianza estratégica de Milei con Trump II: un camino excluyente

La política exterior del gobierno de Javier Milei se alinea con los Estados Unidos de Donald Trump. El vínculo se apoya en afinidades ideológicas, respaldo financiero y conveniencia política inmediata, más que en una estrategia de largo plazo.

Apreton de manos entre Javier Milei y Donald Trump en el contexto de la CPAC 2026

En un mundo caracterizado cada vez más por las divisiones en zonas de influencia, la política exterior del gobierno de Javier Milei se alinea con los Estados Unidos de Donald Trump, mientras este apunta a un repliegue hemisférico y su creciente disputa estructural con China. El vínculo -personalista y coyuntural- se apoya en afinidades ideológicas, respaldo financiero y conveniencia política inmediata, más que en una estrategia de largo plazo. A su vez, Washington reactualiza la Doctrina Monroe y exige exclusividad, en tanto que Argentina resigna márgenes de autonomía, debilita el regionalismo y enfría su relación política con Beijing y otros socios históricos o potenciales. Especialistas advierten sobre los efectos de un acoplamiento con una potencia en relativo declive.

Los EE. UU., bajo la administración Trump II, adopta una estrategia de repliegue hemisférico, buscando reafirmar su primacía en América Latina frente a competidores extrahemisféricos, especialmente ante China. En ese camino, Trump no apela a la lógica de palos y zanahorias, sino que prefiere los primeros; con presiones económicas y militares. Como indica textualmente su Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, en inglés), publicada en noviembre, “Trump utiliza la diplomacia no convencional, el poderío militar de Estados Unidos y su influencia económica”.

Desde la aplicación de aranceles de 40% -que luego retiró- para productos que importa de Brasil -ya no con el argumento de desequilibrios comerciales, sino de una supuesta “caza de brujas” contra Jair Bolsonaro-, pasando por la descertificación de Colombia, las constantes amenazas a México, hasta las deportaciones masivas de latinos y la presión militar contra Caracas, con un despliegue militaren el mar Caribe y el Pacífico y la redefinición del concepto de amenaza a partir del de narcoterrorismo.

Sin embargo, Trump no escatimó apoyos a Buenos Aires; desde su respaldo previo a una elección -que Milei “iba a perder”- hasta la asignación de un swap, tras su respaldo en el FMI. Pero también dejó claro que no se trata de un apoyo institucional a la Argentina, sino a la gestión -victoriosa- de su aliado libertario, a la vez que ha hecho demandas a Buenos Aires -y a otros aliados- como flexibilizaciones regulatorias, el acceso privilegiado a sus mercados y el desoído pedido de acumulación de reservas.

En tanto, el gobierno libertario opta por la “lógica de la aquiescencia” -definida por Russel y Tokatlian y a la que oponen la de la autonomía- en su faceta de “acoplamiento”. Esta implica, en sus términos, “la aceptación del statu quo internacional; el plegamiento a los intereses estratégicos vitales de EE. UU., tanto en el ámbito global como continental; y la no adhesión a esquemas de integración regional profunda que puedan afectar el vínculo estrecho con Washington”.

La particularidad del vínculo salta a la vista. La internacionalista Anabella Buso, quien ha estudiado esa relación bilateral durante décadas, dijo para este artículo que a veces las condicionalidades sistémicas pueden tener más capacidad explicativa para definir la política exterior, y en otras ocasiones pesan más las domésticas, pero ahora “no se entiende el éxito de Milei sin un Trump empoderado”. 

Respecto a años previos cambiaron dos circunstancias, una relativa a EE. UU. y otra a la Argentina. En el primer caso, la potencia opta por “un repliegue sobre el continente para consolidar una situación hegemónica” que ya no es tal porque no hay una “generación de poder y consenso en términos gramscianos”, en su lugar existe “una estrategia de dominación”. La segunda circunstancia es que el gobierno de Milei, que “es la máxima expresión” regional de la alianza ideológica con Trump, “plantea una política exterior y un modelo de nación de perfil neocolonial”, dijo la especialista.

Busso apeló a ese concepto, y no otro más aggiornado, para “enfatizar el retroceso” ya que no ve “ninguna capacidad crítica porque el gobierno concede absolutamente todo; la política exterior, la científico-tecnológica, la defensa, los recursos naturales”. 

Para el investigador y profesor en RR. II. Federico Merke, quien dialogó con este medio, se quiebra el esquema tradicional de la política exterior democrática argentina, ya que la administración de LLA mira el mundo como un juego de “suma cero”. 

“Todos los gobiernos de la democracia tuvieron tres patas en lo que yo llamo el sistema operativo de la política exterior argentina; 1) Alianzas estratégicas -nuestros aliados principales-, 2) Regionalismo y 3) Multilateralismo. Variaron en el contenido, pero estaban las tres. Con Milei hay un quiebre notable, porque hay suma cero; hay alianza estratégica con EE. UU. e Israel, y eso en detrimento del regionalismo y del multilateralismo”, estimó.

En esta alianza estratégica, el alineamiento presenta varias aristas: menos en lo comercial y más en lo financiero, además de la agenda cultural y la afinidad ideológica entre los mandatarios y sus elites políticas y económicas. 

En lo comercial, dado que históricamente ambas economías han sido competitivas -y no complementarias-, el alineamiento es menor e incluso vibran en frecuencias distintas; un Milei aperturista contrasta con un Trump M.A.G.A. En palabras de Merke, existe en este plano más un “registro moderno del tributo”, antes que una “reciprocidad real”. La agenda financiera tiene relación con el ya mencionado swap del Tesoro Americano y con su intervención en el mercado de cambio argentino y a eso se agrega lo que el internacionalista llamó la “financiarización de la Cancillería”

En la batalla cultural, tratar de replicar a Trump desde el Río de la Plata tiene, para Busso, efectos negativos sobre el sistema científico tecnológico argentino, a la vez que implica “soportar espectáculos antivacunas en el Congreso” hasta “tener bases militares o la presencia del embajador de EE. UU. en Argentina, Peter Lamelas, en actos oficiales”. Según Merke la faceta del alineamiento cultural se expresa en el multilateralismo. “Argentina está votando sola con EE. UU. e Israel en muchas cosas”. Esto mismo fue sistematizado por Juan Gabriel Tokatlian y Bernabé Malacalza.

El vínculo también tiene un carácter personalista e ideológico, más coyuntural y no institucional. Hay una “sincronía de ideología y negocios entre sectores influyentes en ambos países”, describió Tokatlian, pero mientras “en Washington predominan las motivaciones estratégicas para rehabilitar su poderío, en Buenos Aires” hay razones circunstanciales: la supervivencia del proyecto de LLA. El endorsement personal que está obteniendo el libertario ha tenido un rédito inmediato. Según Busso, luego del apoyo “estratégico” que logró previo a las legislativas de octubre, “Milei va a tener garantizadas mayorías no solo para aprobar, sino para vetar lo que se le ocurra”.

La “relación estratégica” y el dilema frente a China

Esta “alianza estratégica” que trazan Trump y Milei parece demandar altos niveles de exclusividad, que podría ir en detrimento de relaciones con una potencia ascendente como China, pero también de otros países o instancias multilaterales. Más aún si se considera que Argentina estaría apostando todo a una potencia en relativo declive. 

Y si bien Milei moderó su narrativa de campaña sobre China una vez que llegó a la presidencia, al punto de señalar que el gigante asiático “no pide nada a cambio” y que viajaría a Beijing -lo que podría haberlo encaminado más hacia la política que adoptó Bolsonaro- Washington parece presionar por cierta exclusividad en relación.

¿Pero qué pide exactamente la gestión Trump II? En su nueva NSS afirma que los vínculos entre EE. UU. y sus socios “dificultará que competidores no hemisféricos aumenten su influencia en la región”, evitando que posean o controlen “activos estratégicamente vitales”, y por eso debe “fortalecer las cadenas de suministro críticas”. “EE. UU. debe tener una posición preeminente en el hemisferio occidental” y eso le permitirá afirmarse “donde y cuando sea necesario en la región”, agrega.

El internacionalista Esteban Actis definió en su libro la dinámica entre una potencia en relativo declive, EE. UU. y otra con una dinámica ascendente, China. En un trabajo reciente, aseguró que en ese “contexto de rivalidad” estructural, “todo acoplamiento con Washington implica inexorablemente un distanciamiento relativo con China”.  También remarcó que pese a los “límites materiales de una ruptura” con China, “el enfriamiento del vínculo político (no así el comercial)” se hizo “evidente”. 

Pero mientras la Casa Rosada reduce la agenda bilateral diplomática con China, también es observable el incremento del intercambio con este país que volvió a posicionarse como su principal socio comercial, desplazando a Brasil, y con un creciente déficit en la balanza comercial. Incluso hay avanzada de firmas chinas en el país, como la presencia de concesionarios de autos eléctricos BYD. Pero esto aún no es una línea roja para la Casa Blanca.

“Milei está con la atención en Washington, donde le marcan líneas rojas. Cuando fue a la Casa Blanca, Trump le dijo algo así como ‘con China podés hacer comercio, pero nada de tecnología, nada de defensa. Y si llegas a hacer eso, I’d be very upset’. Le está marcando la cancha como probablemente a ningún presidente”, dijo Merke, quien sumó a esa “presión de Washington” cierta “convicción personal de Milei”.

Pero ante el avance de China como socio comercial, Trump parece, en parte, rendirse. En la última NSS asegura que “cierta influencia extranjera será difícil de revertir, dadas las alianzas políticas entre ciertos gobiernos latinoamericanos y ciertos actores extranjeros”. Sin embargo, continúa, muchos de estos gobiernos “no están ideológicamente alineados con potencias extranjeras” solo “se sienten atraídos a hacer negocios”. En estos casos, proponen usar su influencia “en finanzas y tecnología para inducir a los países a rechazar” asistencia con otras potencias, presionarlos para que acepten “contratos de proveedor único” con empresas de EE. UU., y esforzarse para “expulsar a las empresas extranjeras que construyen infraestructura en la región”.

“Quizás hay un desaceleramiento de grandes inversiones chinas en Argentina o proyectos de infraestructura, pero me imagino que quieren terminar con las represas en Santa Cruz y seguir con el observatorio en el sur, pero no veo nuevas iniciativas. Me parece que este gobierno se muestra muy cauto. No criticar, pero tampoco mostrar una agenda muy nutrida con China”, comentó Merke.

En suma, comercio en parte sí, pero tecnología, infraestructura y defensa no. Esto, como se dijo, en momentos de creciente despliegue militar de EE. UU. en la región. EE. UU. reactualiza la Doctrina Monroe y sus corolarios. Para Busso, esa es la estrategia actual de dominación estadounidense. En la NSS 2025 aparece el Corolario Roosevelt, del año 1904, “donde se plantean dos vías de acción en América Latina; una, la diplomacia de las cañoneras, o intervención militar; y dos, la diplomacia del dólar. Con Trump las dos están muy vigentes, recurre a la acción militar y a la condicionalidad económica para lograr sus objetivos”, agregó. 

En esa estrategia, Busso describe una proyección de EE. UU. ya no solo en centroamérica, sino también hacia el norte -tensiones con Canadá y Groenlandia- y hacia el sur “para garantizar conexiones bioceánicas que no sean artificiales -como el Canal de Panamá- sino que sean de tipo natural”, en tanto “país continente, país bioceánico”, a la vez que mira a la región entera como “proveedora”, sostuvo. 

Tokatlian apeló recientemente al concepto “No Unfriendly Powers in My Backyard” -con el que Stephen Van Evera designa un rasgo de comportamiento distintivo las superpotencias- para describir una pretensión de la administración Trump II: esta ambiciona recuperar la región como su “America’s Backyard” y “convierte a la región en laboratorio de control de la Casa Blanca”. A su vez, descarta las comparaciones entre la presencia de China en LATAM y la URSS: “Que algunos actores civiles y castrenses en EE. UU. sobredimensionen el componente militar de la creciente relevancia de China para América Latina (...)  no significa que tal perspectiva deba ser aceptada”.

La indiferencia frente al “resto del mundo”

La mirada de la Argentina de Javier Milei sobre el mundo, por fuera de su relación con EE. UU. e Israel, es reducida. Su atención ha desjerarquizado los vínculos con socios históricos y desestimado potenciales alianzas con países que ofrecen escenarios promisorios. 

En Milei hay un absoluto abandono de la región, salvo dos cuestiones; una es sumarse a la política para el caso venezolano, por eso dice que puede mandar un barco al Caribe y viajó a la entrega del Nobel a María Corina Machado. Una sobreactuación del alineamiento con EE. UU.. Y después con Paraguay”, que muestra una política pro-estadounidense. 

Para Actis si bien la política de Milei con los vecinos regionales de Argentina mostró una continuidad de “las relaciones diplomáticas a nivel ministerial y técnico”, la región “perdió terreno relativo en la jerarquización de la política exterior”. Y agregó que el gobierno de LLA se propuso tres objetivos regionales 1) “una bilateralización selectiva marcada por la adscripción ideológica”, con un “aumento de la intensidad de los vínculos” con las gestiones actuales de El Salvador, Ecuador y Paraguay, y fricciones con socios como Brasil y Chile, así como con Colombia; 2) “una flexibilización del MERCOSUR”; y 3) “bloqueo de las agendas de la gobernanza regional”.

Respecto al Mercosur, Milei buscó seguir la cierta tendencia ya anticipada por Luis Lacalle Pou en Uruguay, tendiente a una mayor apertura a acuerdos bilaterales. A su vez, no puso trabas al acuerdo Mercosur-UE. 

“Milei ve el acuerdo con Mercosur-UE y el ingreso a la OCDE como dos organizaciones que acreditan que Argentina es un país que se está conectando con Occidente -en términos de Milei- quien no tiene un amor por Bruselas por su agenda postmaterial. Pero ve el acuerdo desde una mirada muy pragmática; si sirve para abrir la economía y poner a competir a los industriales ‘mediocres’, diría Milei, adelante”, estimó Merke. 

Las exigencias ambientales de estos acuerdos no son una prioridad para Milei, conocido por su discurso negacionista del cambio climático. Pero también en este aspecto, como con China, ha sido oscilante, ya que no se fue del Acuerdo de París y pese a gestos para bajarle el precio a la COP30, estuvo presente una delegación argentina. “Las cuestiones ambientales son algo transversal de los acuerdos europeos, porque para firmar el de Mercosur-UE tenían que comprometerse a no dejar el Acuerdo de París. Milei no es un enamorado de eso, pero le sirve. Igual que el ingreso a la OCDE, es señalizar que querés estar en esa liga”, dijo Merke.

Actis también asegura que pese al discurso de Milei, el presidente ha hecho gestos que no son de total rechazo ya que Argentina espera, como declararon funcionarios a la periodista Tais Gadea Lara, conseguir financiación externa ligada a estos temas. 

Sin embargo, el gobierno libertario ha planteado algunas opciones de política exterior como alternativas excluyentes; EE. UU. versus China, la OCDE y el rechazó la invitación a los BRICS. Pero, como destacó Actis, “la experiencia comparada muestra la existencia de un caso, como el de Indonesia” que apostó por ambos y que “muestra los intersticios de autonomía que se pueden lograr”. En este sentido, apeló al concepto de hedging (cobertura), esto es, “mantener abiertos los canales de comunicación con todos los actores dada la plena incertidumbre acerca de cómo evolucionarán las tensiones geopolíticas”. 

Más allá de Beijing, el vínculo con otros países asiáticos así como con las naciones árabes no ocupan una prioridad en la agenda exterior de LLA. 

“El alejamiento relativo respecto de China se enmarca en un distanciamiento de la Argentina de Milei de toda Asia, geografía que hoy representa 60% del crecimiento de la economía internacional (...) Parece existir un desacople entre la importancia material de Asia y la cosmovisión hiperoccidentalista de Milei”, y del sector privado, estimó Actis. 

Los especialistas consultados también registran que la agenda con Israel, que es fundamentalmente ideológica, derivó en la afectación de los vínculos con  países árabes. Además, el posicionamiento actual de Buenos Aires rompe con una posición histórica de no alineamiento con respecto a los diferentes conflictos en Medio Oriente.

Las elecciones de política exterior de Milei -en general excluyentes- en momento de cambios estructurales en el orden internacional, con un EE. UU. replegado y en relativo declive, y con un Donald Trump con niveles de desaprobación superiores al 50%, instalan la pregunta sobre qué pasaría si algunos de esos factores se modifican.